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Estaba luchando contra el cáncer, pero su tratamiento provocó una enfermedad diferente

Angeline sufría de dolor en el pecho y fiebre. Cuando comenzó a estar cada vez más y más enferma los médicos buscaron en diferentes aspectos de su vida.


La paciente: Angeline, de 32 años de edad, asistente administrativo.

Los síntomas:
 dolor en el pecho, fiebre y fatiga.


El médico: La doctora Anne McCarthy, presidenta del Comité de asesoramiento sobre Medicina Tropical y Viajes y profesora de medicina en la Universidad de Ottawa, Canadá.
En 2013, Angeline visitó a su médico. Había tenido fiebre durante varios días, sentía presión en su pecho, y estaba agotada. El médico notó que sus ganglios linfáticos estaban hinchados y que había perdido algo de peso. Decidió remitirla al Hospital de Ottawa para una tomografía computarizada y una biopsia, lo que dio lugar a un diagnóstico de linfoma no Hodgkin.
El linfoma no Hodgkin es uno de los cánceres más comúnmente diagnosticados en adultos y tiene un buen pronóstico cuando se detecta a tiempo, especialmente si el paciente tiene menos de 60 años. A Angeline se le administró un medicamento para apoyar su sistema inmunológico, quimioterapia contra las células cancerosas y esteroides para reforzar el tratamiento. Una semana más tarde, estaba cansada y con náuseas, y su recuento de glóbulos blancos se redujo drásticamente. Todo esto podrían ser los efectos secundarios de la quimioterapia, pero en este caso, eran inusualmente pronunciados.
A los pocos días, la fiebre de Angeline aumentó y tenía problemas para respirar. Las bacterias habían entrado en su torrente sanguíneo, y se había desarrollado una infección en los pulmones y el abdomen. La paciente fue ingresada en la UCI y se le administraron antibióticos, pero los medicamentos no ayudaron. En su lugar, la respiración de Angeline empeoró y le fue puesta respiración asistida.
Fue entonces cuando la doctora Anne McCarthy fue llamada. La especialista en enfermedades infecciosas encontró rastros de una erupción en el abdomen de Angeline. Cuando supo que la paciente había crecido en Haití y que había emigrado a Canadá ocho años antes, McCarthy pensó inmediatamente en el parásito strongyloides stercoralis.


La strongyloides es un tipo de lombriz común en el sudeste de Asia, África del Sur y el Caribe. Las larvas son tan pequeñas como un grano de mostaza, o incluso menos, y se transmite a los humanos a través de suelos contaminados. Pueden penetrar por la piel (a menudo a través de los pies desnudos) y migrar a través del cuerpo hasta el intestino delgado, donde ponen los huevos.
En este caso, la erupción en el estómago de Angeline era una pista: puede aparecer en pacientes con Strongyloides. Cuando McCarthy comprobó la muestra de heces del paciente, dijo: “las larvas estaban por todas partes”.
Debido a que no hay síntomas evidentes, las personas pueden estar infectadas durante años sin saber que tienen el parásito. Angeline había experimentado a veces problemas gastrointestinales leves, pero estaba por lo demás sana, además de su reciente diagnóstico de cáncer, hasta que se le dieron algunos esteroides como parte de su tratamiento. “La estrongiloidiasis es una enfermedad durmiente”, dice McCarthy. “Puede existir en su cuerpo y hacer relativamente poco daño hasta que se le da una ventaja.” Los médicos no están del todo seguros de por qué, pero los esteroides estimulan al parásito para que se reproduzca más rápido.
Esos medicamentos de hecho habían desatado el parásito a través del cuerpo de Angeline, una condición conocida como Strongyloides diseminadas, que causa la muerte del 50 al 90 por ciento de los casos.
Desafortunadamente, se necesita tiempo para conseguir el tratamiento debido a que los dos fármacos antiparasitarios que combaten la enfermedad (albendazol e ivermectina) no están autorizados en el país de Angeline (Canadá), a pesar de que se utilizan en los Estados Unidos. McCarthy tuvo que solicitar el permiso de un programa especial de acceso a través de Health Canada. A pesar de que permaneció en la UCI durante casi un mes, la paciente recibió los fármacos y se recuperó por completo, y en ese momento ella fue capaz de reanudar el tratamiento para el linfoma no Hodgkin.


Como la mayoría de la gente, Angeline no tenía ni idea de que pudiera estar en riesgo de Strongyloides. Incluso los médicos a menudo saben muy poco sobre el parásito. McCarthy, que preside un comité asesor que está desarrollando directrices para el Strongyloides, anima a los profesionales a adoptar unas pocas preguntas clave en su rutina de cuidados preventivos: ¿Dónde nació usted? ¿Donde ha vivido? ¿Ha viajado a algún sitio durante seis meses o más? “Hay tratamiento para el Strongyloides, y la gente puede sobrevivir”, dice ella. “Sólo tenemos que hacer las preguntas correctas desde el principio.

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